09 26 2018
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El Barandal. Ahora quiero regalar un paraguas

Por Any Verdeja
Desde este barandal que da a la calle, deseo contar una historia verídica que presencié por una urbe en la que, como en muchas de ellas, la gente pasa indiferente con su prisa y sus pensamientos; cruzan la calle, hablan por teléfono; se rozan pero no se miran, se observan pero no se comunican, se cruzan pero no coinciden.
Y en medio de la noche temprana, las luces de los carros hacen evidente una lluvia intensa que lleva dos horas de vida, los charcos ya son adultos y el tránsito pasa sobre ellos generando otra lluvia que va de abajo hacia arriba.
No puedo dejar de pensar en el sonido de las llantas sobre las calles mojadas, uno tras otro los autos pasan sobre el agua y el sonido se repite en cada vuelta y en cada lagunilla. Las luces de la ciudad se parten en pedazos al chocar con los parabrisas llenos de gotas y entre el vaivén de los limpiadores se alcanza a ver a las personas correr bajo el aguacero que al final, siempre nos apura a todos.
El semáforo en rojo parece derretirse a través del cristal con el agua que se escurre, a estas alturas y con tanta lluvia el tráfico se ha vuelto insufrible, llevo tres semáforos y no logro pasar de la misma avenida, ocho minutos y sigo detrás de un auto negro que no es nada más que eso, otro auto abordado por personas que ya les urge llegar a su destino.
De pronto a mi derecha, casi en la esquina y apenas iluminada por la luz del semáforo, una familia trata de protegerse de la lluvia; el papá se quita el suéter y se lo pone a la niña más pequeña a la que afortunadamente le queda como abrigo –entendí por qué los papás son mucho más grandes que los hijos-, la mamá por su parte intenta dar calor a la hija mayor con un abrazo.
De cualquier forma ya están empapados, su ropa escurre, sus zapatos ni siquiera se ven porque hay demasiada agua en la avenida. Me pregunto por qué están en la calle a esta hora, con tanta lluvia. Sólo una razón muy poderosa los habrá hecho salir en medio de este caos pluvial.
Absorta en esos pensamientos, pero en la comodidad de mi auto, me avergüenzo de quejarme del tráfico y la lluvia, y el desastre y la noche, y la hora y la…
En un sólo movimiento los cuatro miembros de la familia voltean hacia el auto negro que está enfrente de mí, el padre baja la banqueta y se acerca a la ventanilla de la cual sale una mano con un paraguas (también negro por cierto), y se los regala a quienes llevan varios minutos tratando de no mojarse más.
El padre escurriendo como la sopa y sin suéter, regresa sonriendo hacia el resto de la familia y se lo da a la madre, ella es justa y seguro sabrá qué hacer con el paraguas. La madre lo abre y se lo da a la hija mayor para que ésta su vez brinde refugio a su hermana.
Mi mente, tan retorcida, no puede evitar pensar en los dos inocentes linchados en el estado de Puebla, a quienes el enojo colectivo y la falta de garantías por la ausencia de seguridad, además de una intrínseca falta de humanidad que no nos permite diferenciar a la gente buena de la gente mala, puso fin a la vida de dos campesinos.
A diferencia de esta madre que tiene la oportunidad de abrigar a sus hijas, una mamá poblana tiene cientos de videos en las redes sociales del momento en que su hijo de 15 años es quemado vivo, videos que por cierto son virales con miles de reproducciones, misma que seguramente llegará a millones en poco tiempo.
Una fotografía del terrible momento de la muerte de los dos desafortunados poblanos me hace estremecer, pues en ella se aprecia a decenas de testigos grabando con sus celulares el trágico evento, como si la muerte de alguien -aún siendo culpable- fuera el espectáculo que esperabas para ganar “me gusta” o seguidores en redes sociales sin mostrar el más mínimo respeto por la vida de nadie; como si documentar un hecho violento no conllevara una responsabilidad.
La luz del semáforo cambia a verde y ahora no quiero avanzar, me quiero quedar a ver el desenlace, estoy conmovida por la serie de actos de generosidad.
Me da una esperanza, al final no somos tan indiferentes, ni tan ciegos, ni tan fríos.
Deberíamos regalar paraguas todos los días.

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